Historias para despu茅s de la medianoche

Cuento fant谩stico norteamericano: Una ballena en la piscina por Walter S. Tevis

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Walter S. Tevis es un autor que a mi parecer no tiene el reconocimiento que se merece. Es creador de Gambito de Dama, cuya adaptaci贸n en Netflix fue el furor en las redes sociales, de El hombre que cay贸 a la Tierra, que fue llevada a la pantalla grande con David Bowie en el papel principal y de algunos cuentos cortos que public贸 en Esquire, Playboy, Cosmopolitan y Galaxy Science Fiction. Este cuento fant谩stico apareci贸 en la legendaria revista El cuento.

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The Man Who Fell to Earth (Nicolas Roeg, Reino Unido, 1976); artista: Vic Fair

Una ballena en la piscina

El guardi谩n tuvo alguna sospecha cuando hasta 茅l lleg贸 el olor. Ello constitu铆a por s铆 solo un milagro: el aire matinal de Arizona estaba saturado de algas y agua salada. Acababa de abrir la puerta de entrada, y cuando lleg贸 a los vestidores lo golpe贸 el olor. Siendo un viejo, que desconfiaba de sus sentidos, no quiso correr ning煤n riesgo, y menos en la ciudad m谩s adentro del desierto. Ol铆a a aire de oc茅ano, del oc茅ano profundo y lejano, del oc茅ano de verdes aguas, con sus algas y su sal.

                Cosa curiosa: el guardi谩n era muy viejo y estaba cansado, y a esa hora de la ma帽ana, cuando todo parece irreal, sobre todo a los ancianos, lo primero que hiri贸 su sensibilidad fue un temblor apenas perceptible de sus viejas fibras, una reminiscencia que surgi贸 de lo m谩s profundo de su ser y lo llev贸 a cincuenta a帽os atr谩s, cuando era joven en San Francisco y hab铆a ido a admirar los grandes veleros en la bah铆a, descubriendo el aroma del mar, ese aroma de todos los tiempos, tan puro y tan sucio. Pero el recuerdo s贸lo dur贸 un segundo. Dio paso a la sorpresa, luego a la c贸lera, en esa ciudad del desierto, en la puerta de la gran piscina municipal, visitada por los recuerdos de un d铆a pasado al borde del oc茅ano en los a帽os mozos.

                鈥 Diablos, 隆qu茅 sucede aqu铆! 鈥攎urmur贸 el anciano.

                Nadie lo escuch贸, a no ser el ni帽o que esperaba fuera, apoyado contra la reja a trav茅s de la cual miraba asombrado la piscina. Estaba all铆 desde antes de la llegada del guardi谩n, con una bolsa de papel color caf茅 en su mano sucia. El guardi谩n no se fij贸 en 茅l: los muchachos se pasaban el d铆a

alrededor de la piscina, sobre todo en verano. Una plaga. En todo caso, escuchara o no las palabras del anciano, nada dijo.

                El guardi谩n atraves贸 el vestidor con piso de cemento. No se detuvo para leer la diaria cosecha de obscenidades dibujadas en las paredes de madera de las cabinas. Pas贸 directamente al vest铆bulo de mosaicos, atraves贸 la tina para desinfectarse los pies y lleg贸 a la gran playa de cemento, al borde de la piscina.

Existen cosas que es imposible imaginar: hab铆a una ballena dentro del agua.

Pero no era una ballena ordinaria, una ballena de todos los d铆as. Esta era una criatura gigantesca, una ballena de verdad, un verdadero leviat谩n 鈥攖reinta metros de largo y diez de ancho鈥 con una cola que alcanzaba las dimensiones de un vag贸n y una cabeza tan lisa como el pu帽o de un tit谩n. Una ballena azul, un monstruo de edad respetable con una piel que brillaba al sol, con una colonia de anatifes pegados a su vientre gris谩ceo y sus dos ojos diminutos velados por los a帽os, la miop铆a y la sabidur铆a. De un extremo de su boca colgaban las algas; las ventosas de los calamares hab铆an dejado sus marcas por toda la cabeza, y en el espesor insensible de su grasa se ergu铆a un pedazo de arp贸n oxidado. Yac铆a en el fondo de la alberca, con su dorso, como una monta帽a, sobresaliendo por encima del agua, y sus enormes labios expresando satisfacci贸n y beatitud a la vez. No dorm铆a, pero parec铆a estar a gusto en el lugar tan incongruente donde se hallaba.

Y ese olor鈥se potente olor venido desde el mar, nuestra fuente de vida, ese olor de salmuera, de conchas, de algas, olor magn铆fico y tan viejo como la Creaci贸n, peste del mundo de los primeros tiempos y del mundo por venir. Por lo que fuera, era una ballena soberbia.

El p谩nico no se apoder贸 en seguida del guardi谩n; s贸lo m谩s tarde. De repente, el viejo articul贸 de manera bastante prosaica: 鈥淗ay una ballena en la piscina. Una maldita ballena.鈥 Esas palabras no se dirig铆an a nadie, pero pod铆an dirigirse a todo el mundo. Tal vez lo oyera el ni帽o, pero el hecho es que nadie lleg贸 del otro lado del enrejado.

Durante diez minutos, el guardi谩n permaneci贸 plantado, so帽ando. Pens贸 en muchas cosas, en lo que desayun贸 por la ma帽ana, en lo que le dijo su mujer al despertarlo. En alg煤n lugar, en medio de sus pensamientos, entrevi贸 vagamente al ni帽o con su bolsa de papel color caf茅, y su mente razon贸 sin darse cuenta, como suele ocurrir en tales circunstancias: Un ni帽o de seis a帽os. Lo que lleva en la bolsa tal vez sea un s谩ndwich de huevos duros. O un pl谩tano. O una manzana. Pero no se hizo ninguna pregunta en relaci贸n con la ballena, por la sencilla raz贸n de que no sab铆a qu茅 preguntarse. Miraba asombrado aquella masa inconcebible que yac铆a frente a 茅l, la cabeza casi enteramente sumergida en el fugar m谩s profundo, cerca del trampol铆n, y un l贸bulo de la cola que golpeaba el agua en la parte reservada a los ni帽os.

La ballena respiraba lentamente. El guardi谩n respiraba lentamente mirando sin parpadear, a pesar de los primeros rayos del sol, observando est煤pidamente el milagro de ochenta y cinco toneladas. El ni帽o segu铆a con su bolsa de papel, bien agarrada con sus dedos, y miraba a la ballena tambi茅n. El sol se elevaba por el este, por encima del desierto, y sus rayos jugaban sobre el dorso aceitoso del cet谩ceo produciendo reflejos rojos y p煤rpuras.

Y, de repente, la ballena vio al guardi谩n. Como su vista era d茅bil, qued贸 cierto tiempo observ谩ndolo con atenci贸n. Luego, arqueando su espalda con aterradora potencia, maciza y graciosa al mismo tiempo, levant贸 su cola hasta seis metros y la dej贸 caer en un movimiento que pareci贸 algo lento para castigar sin violencia la superficie de la alberca. Cuatrocientos litros de agua saltaron de la piscina, lo suficiente para inundar al guardi谩n y sacarlo del estado semi hipn贸tico en que se encontraba.

Retrocedi贸 de un salto, temblando sobre sus d茅biles piernas, la cara p谩lida y lanz贸 una mirada aterrorizada en todas direcciones. Pero no vio a nadie, aparte de la ballena y el ni帽o. 鈥淓st谩 bien, est谩 bien鈥, murmur贸. Al o铆rlo, cualquiera hubiera cre铆do que acababa de descubrir por qu茅 estaba la ballena en la piscina y que nadie podr铆a decirle nada que no supiera ya. 鈥淓st谩 bien鈥, dijo, mirando hacia la ballena, y dando media vuelta se fue corriendo.

Corri贸 cuanto pudo hacia el centro de la ciudad, hacia la calle principal, hacia el banco, donde sab铆a que encontrar铆a al presidente del Comit茅 de Gesti贸n de Establecimientos P煤blicos, el 煤nico hombre que de un modo u otro 鈥攖al vez d谩ndole instrucciones por escrito鈥 podr铆a sacarlo de ese embrollo. Corri贸 hacia la ciudad, donde las cosas son como debe ser. Corri贸 como nunca lo hab铆a hecho, ni siquiera de joven. Corri贸 para huir del 煤nico milagro que hab铆a presenciado en su vida, y de la mayor criatura del Se帽or.

Cuando el guardi谩n huy贸, el ni帽o qued贸 largo rato contemplando a la ballena. Su rostro segu铆a impasible como una m谩scara, pero su coraz贸n lat铆a con fuerza, emocionado y enternecido por todas las ballenas y por aquella en particular la 煤nica que 茅l, ni帽o de Arizona, pudiera ver jam谩s en su vida. Luego comprendi贸 que pronto llegar铆an los hombres, y que ese instante inolvidable pasado con su ballena llegar铆a a su fin. Entonces, alzando despacio la bolsa de papel hasta su cara, la entreabri贸 con precauci贸n. La bolsa se agit贸 con varias sacudidas, como si un animal se encontrara cautivo y estuviera haciendo esfuerzos desesperados por salir.

鈥斅state quieto! 鈥攍e orden贸 el peque帽o con voz amenazadora. Del interior surgi贸 una voz, una voz aguda, col茅rica y con fuerte acento gal茅s.

鈥擡st谩 bien鈥攄ec铆a la voz鈥. Est谩 bien, jovencito, cuyo nombre ignoro. Supongo que est谩s dispuesto a formular el segundo.

El ni帽o sujetaba con fuerza la bolsa entre el pulgar y el 铆ndice. Mir贸 por la estrecha abertura.

鈥擲铆 鈥攄ijo, con las cejas fruncidas鈥. Creo que s铆

Cuando el guardi谩n regres贸, acompa帽ado de dos hombres, la ballena ya no estaba. Tampoco el ni帽o. Pero persist铆a el olor marino, la gran mancha al borde de la piscina, y dentro del agua. guirnaldas de algas oscuras que flotaban en la superficie, lejos del oc茅ano de donde hablan venido.

Walter S. Tevis (San Francisco, California, 1928) escribi贸 m谩s de veinte relatos a lo largo de su vida que public贸 en revistas como Cosmopolitan, Esquire, Playboy, The Saturday Evening Post. En 1963 public贸 El hombre que cay贸 en la tierra, novela que 茅l mismo consider贸 una 芦velada autobiograf铆a禄 de su enfermiza infancia y se considera un cl谩sico de la ciencia ficci贸n. Esta novela fue adaptada al cine en 1976 con David Bowie en el papel principal.

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